El canto, los aplausos y la alegría se apoderaron del Coliseo Monumental de La Serena. No solo cantaban los músicos y los intérpretes líricos. También cantaba el público, ese público diverso que, por unas horas, dejó afuera las preocupaciones cotidianas para entregarse al milagro de la música.
Fuimos a ver La Traviata, de Giuseppe Verdi, presentada gratuitamente por la Fundación Sociedad Bach La Serena, con su coro y orquesta. Y ocurrió algo que va más allá de una representación operística: la cultura abrió el alma y el intelecto, nos sacudió por dentro y nos dejó suspendidos en ese territorio inexplicable donde la belleza se convierte en una forma de felicidad.
Porque el arte tiene esa extraña capacidad de reunirnos. En una misma sala pueden convivir distintas edades, historias, oficios y maneras de mirar el mundo. Durante una función, las diferencias no desaparecen, pero encuentran un espacio común: la emoción. Una voz que se eleva, una orquesta que respira, un aplauso que nace espontáneamente. Por un instante, todos somos parte de una misma comunidad.
Pero la historia no terminó cuando se apagaron las luces del Coliseo.
Este domingo 25 de octubre, un amigo se encontró con otra sorpresa en plena Feria de Abastos de La Serena. Entre los puestos, los comerciantes, las conversaciones, el movimiento de la gente y el ruido habitual de la feria, apareció nuevamente el canto de La Traviata. La ópera salió de su escenario tradicional y se instaló en medio de la vida cotidiana, al alcance de quienes quizás nunca han tenido la oportunidad de sentarse en un teatro a escuchar música lírica.
La Fundación Sociedad Bach La Serena llevó el arte hasta la calle, en una intervención musical que acercó la ópera a un público diverso, en el marco del Día Mundial de la Ópera. Y allí, entre frutas, verduras, compradores y trabajadores, sucedió algo profundamente democrático: la cultura dejó de ser un privilegio asociado a determinados espacios y se convirtió en un encuentro con la ciudadanía.
¿Qué nos dice esta experiencia?
Nos recuerda que la cultura no puede quedar encerrada entre cuatro paredes, reservada para quienes pueden pagar una entrada o para quienes han aprendido a moverse en los circuitos tradicionales del arte. La cultura pertenece a todos. Al estudiante, al jubilado, al trabajador, a la mujer que sale temprano a comprar, al feriante que levanta su puesto antes de que amanezca. También a quienes nunca han escuchado una ópera y, sin embargo, pueden emocionarse con una voz que atraviesa el aire.
Por eso, cuando una institución cultural decide abrir sus puertas y salir a la calle, no está haciendo una concesión. Está cumpliendo una tarea esencial: acercar la belleza a la vida de las personas.
Y aquí aparece una preocupación que no podemos eludir. En un Chile atravesado por desigualdades sociales, culturales y económicas, defender el acceso público al arte es también defender una idea de sociedad. Frente a las políticas que pudieran reducir los recursos destinados a la cultura, corresponde exigir al Gobierno de José Antonio Kast compromisos concretos con el financiamiento, la creación artística y el acceso democrático a las expresiones culturales. No basta con reconocer el valor del arte en los discursos: hay que garantizar las condiciones para que siga existiendo, desarrollándose y llegando a todos los rincones del país.
La cultura necesita presupuestos, espacios, artistas, formación y políticas públicas sostenidas. Necesita que las autoridades comprendan que no es un adorno para las ceremonias oficiales ni un gasto prescindible cuando las cuentas públicas se estrechan. Es una dimensión fundamental de la educación, la memoria, la sensibilidad y la convivencia democrática.
Un país no construye la paz únicamente con leyes, discursos o promesas. También la construye cuando permite que sus habitantes se encuentren, se escuchen y descubran que la vida puede ser algo más que trabajar, comprar, vender, competir y sobrevivir. La construye cuando una voz lírica irrumpe en una feria popular y alguien se detiene a escuchar. Cuando un niño pregunta de dónde viene esa música. Cuando una persona que jamás ha pisado un teatro descubre que también tiene derecho a emocionarse con Verdi.
Ayer fue el Coliseo. Hoy, la Feria de Abastos. Dos escenarios distintos, una misma convicción: el arte debe encontrarse con la gente allí donde la vida sucede.
Que siga cantando La Traviata. Que sigan sonando las orquestas en los teatros y las voces en las calles. Que la cultura no retroceda ante la indiferencia ni se convierta en una víctima más de las estrecheces presupuestarias.
Porque un país que aspira a vivir en paz necesita escuelas, hospitales y trabajo digno, pero también necesita música, libros, teatro, poesía y espacios para la imaginación.
El arte y la cultura no son un lujo. Son una necesidad maravillosamente necesaria. Y cuando la cultura sale a la calle, no solo lleva música: nos recuerda que todavía podemos construir una sociedad más humana.
